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El mito de los 6 millones

El Fraude de los judíos asesinados por Hitler

Joaquín Bochaca

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Paperback / softback
17 August 2018
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Según el Honorable Winston Churchill, la primera victima de la guerra es la verdad. Difícil resulta discutir la justeza de esta afirmación del viejo león británico. A partir de la guerra franco-prusiana de 1870, y en el curso de todos los conflictos bélicos de nuestro siglo, la propaganda basada en atrocidades, reales o supuestas, del adversario, ha entrado a formar parte del arsenal ideológico, cada vez más indispensable para la obtención de la victoria final.

Aún cuando numerosos escritores de la escuela revisionista histórica, tanto en Francia como sobre todo en Estados Unidos, desmitificaron la imagen maniquea de vencedores y vencidos, los que se llevaron la palma del ‘‘fair play’’ fueron, dicho sea en su honor, los ingleses, y su Ministro de Asuntros Exteriores, ante la Cámara de los Comunes, presentó públicamente excusas por todos los ataques al honor de Alemania, reconociendo explícitamente que se trataba de propaganda de guerra. En realidad, esto era normal. En tiempo de guerra la necesidad determina la ley y preciso es reconocer que el coktail de sinceridad, nobleza y cinismo servido por el Secretario del Foreign Office resulta impar en la Historia. Ahora bien, una confesión de ese talento no se ha hecho tras la Segunda Guerra Mundial. Al contrario, en vez de difuminarse con el paso del tiempo, lá propaganda sobre las atrocidades alemanas y, de manera especial, la manera como fueron tratados los judíos europeos durante la ocupación de buena parte del Continente por las tropas de la Wehrmacht, ha ido en aumento.

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Según el Honorable Winston Churchill, la primera victima de la guerra es la verdad. Difícil resulta discutir la justeza de esta afirmación del viejo león británico. A partir de la guerra franco-prusiana de 1870, y en el curso de todos los conflictos bélicos de nuestro siglo, la propaganda basada en atrocidades, reales o supuestas, del adversario, ha entrado a formar parte del arsenal ideológico, cada vez más indispensable para la obtención de la victoria final.

Aún cuando numerosos escritores de la escuela revisionista histórica, tanto en Francia como sobre todo en Estados Unidos, desmitificaron la imagen maniquea de vencedores y vencidos, los que se llevaron la palma del ‘‘fair play’’ fueron, dicho sea en su honor, los ingleses, y su Ministro de Asuntros Exteriores, ante la Cámara de los Comunes, presentó públicamente excusas por todos los ataques al honor de Alemania, reconociendo explícitamente que se trataba de propaganda de guerra. En realidad, esto era normal. En tiempo de guerra la necesidad determina la ley y preciso es reconocer que el coktail de sinceridad, nobleza y cinismo servido por el Secretario del Foreign Office resulta impar en la Historia. Ahora bien, una confesión de ese talento no se ha hecho tras la Segunda Guerra Mundial. Al contrario, en vez de difuminarse con el paso del tiempo, lá propaganda sobre las atrocidades alemanas y, de manera especial, la manera como fueron tratados los judíos europeos durante la ocupación de buena parte del Continente por las tropas de la Wehrmacht, ha ido en aumento.

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